La danza en la India, una forma de yoga

El Gita Govinda, las Maharis y una tradición espiritual olvidada

Cuando hablamos de yoga solemos pensar en tratados filosóficos y técnicas de meditación. Sin embargo, durante siglos existieron otras formas de práctica espiritual en la India, transmitidas a través de la poesía, el canto y la danza.

El Gita Govinda y la tradición de las Maharis de Odisha nos permiten asomarnos a una historia menos conocida, donde el arte no era un complemento de la espiritualidad, sino una de sus expresiones más profundas.

Cuando se habla de yoga en Occidente, suelen aparecer los mismos textos: el Yoga Sutra de Patañjali, el Bhagavad Gita o el Hatha Yoga Pradipika. Son obras fundamentales, pero también han contribuido a fijar una imagen parcial de lo que ha sido históricamente el yoga. La pregunta que hoy se abre paso es otra: ¿quién produjo estos textos, en qué contextos y qué formas de conocimiento quedaron fuera de ese canon?

La mayoría de los tratados clásicos fueron compuestos por hombres en entornos donde el acceso al saber estaba condicionado por el género, la casta y la posición social. Esto no implica la ausencia de mujeres practicantes, sino la ausencia de sus voces en los formatos que han llegado a convertirse en «autoridad».

La investigación contemporánea, en trabajos como los de Anjali Rao en «Yoga as Embodied Resistance«, invita precisamente a desplazar el foco: no solo revisar qué textos leemos, sino qué entendemos por transmisión del conocimiento espiritual. Si ciertos cuerpos quedaron fuera de los archivos, ¿dónde se conserva su experiencia?

Más allá del texto

La historia espiritual de la India no se limita a sus sistemas filosóficos. Está también tejida por figuras como Andal, Akka Mahadevi, Lal Ded o Mirabai, cuya transmisión no se organiza en forma de tratado, sino de poesía.

Sus versos no explican la experiencia espiritual: la exponen. Hablan del anhelo, la ausencia, la entrega, la pérdida de referencias estables y la intensidad de una búsqueda que no se formula como doctrina, sino como vivencia.

Lo significativo no es solo su contenido, sino su persistencia. Estos textos no han sobrevivido únicamente como literatura, sino como práctica: se cantan, se recitan, se memorizan. Su transmisión no depende del archivo, sino de la repetición viva.

En ese sentido, el conocimiento espiritual en la India no siempre se ha fijado en sistemas conceptuales. También ha circulado en formas performativas donde poesía, música y ritual no son vehículos del saber, sino su propia materialización.

El Gita Govinda: el anhelo como camino espiritual

En este horizonte se sitúa el Gita Govinda, compuesto en el siglo XII por Jayadeva. Lejos de ser únicamente un poema devocional, es una de las obras más influyentes en la cultura religiosa, musical y escénica del este de la India, especialmente en Odisha, donde marcará el desarrollo de la danza Odissi.

El texto no está pensado solo para ser leído. Fue cantado en templos, integrado en rituales y llevado al cuerpo a través de la danza.

Radha y Krishna no funcionan únicamente como personajes, sino como figuras de la relación entre el alma y aquello que busca. El poema articula una experiencia: deseo de unión, separación y reconocimiento.

El elemento decisivo es el «viraha«, la separación. No como accidente narrativo, sino como núcleo de la experiencia. En el Gita Govinda, la ausencia no debilita el vínculo: lo intensifica. El anhelo se convierte en forma de atención sostenida sobre lo ausente.

Templo, voz y movimiento: las Maharis

Esta lógica explica por qué el Gita Govinda no pertenece únicamente al dominio literario. Durante siglos, sus versos fueron incorporados a prácticas rituales donde se cantaban, se musicalizaban y se danzaban como parte del culto.

En los templos de Odisha, estas prácticas estuvieron vinculadas a las Maharis, mujeres consagradas al servicio ritual de la divinidad. Las Maharis formaban parte de una tradición espiritual donde danza, música, recitación y devoción constituían una práctica integrada.

Su relación con el Gita Govinda no era la de una intérprete con una obra artística, sino la de una practicante con un texto vivo dentro de su disciplina espiritual.

Si hoy nos preguntamos dónde estaban las yoginis que apenas aparecen en los tratados clásicos, quizá debamos mirar también hacia estas mujeres. No porque siguieran el yoga sistematizado por Patañjali, sino porque desarrollaron otras formas de cultivo espiritual centradas en el cuerpo, el ritual, la devoción y las artes sagradas.

La danza no era entretenimiento ni representación. Era una práctica espiritual. No se trataba de escenificar la historia de Radha y Krishna, sino de vivir los estados del texto. Separación, espera, anhelo o unión no eran emociones representadas, sino dimensiones de una experiencia ritualizada.

Odissi: cuando el texto se vuelve forma

El Odissi, una de las formas clásicas de danza de Odisha, nace en relación directa con el universo del Gita Govinda. Esta conexión es clave: la danza no surge solo como arte escénico, sino como forma de aproximarse a preguntas centrales de la tradición espiritual india.

A través del Gita Govinda, generaciones han explorado cuestiones como el anhelo espiritual, la relación entre ser humano y divinidad, la separación del alma, la búsqueda de unión o el misterio de la devoción. Lo que en otros contextos se formula en tratados, aquí se articula en poesía, música y danza.

Las Maharis desempeñaron un papel central en esta transmisión. Durante siglos cantaron e interpretaron los versos del Gita Govinda como parte de la liturgia del templo. Su danza no era espectáculo, sino ofrenda ritual.

El Gita Govinda deja así de ser un texto para convertirse en una enseñanza vivida. Los estados que describe no son solo emociones representadas, sino experiencias exploradas a través del cuerpo en contexto ritual.

La danza Odissi contemporánea hereda esta tradición. Aunque hoy se practique en escenarios y escuelas, conserva una memoria estética y espiritual que remite a ese origen. Cuando una bailarina interpreta un verso, no narra simplemente una historia: entra en un lenguaje simbólico sobre el alma, el deseo y la experiencia de separación.

Por eso, en esta tradición, la danza no es solo estética. Es también una forma de conocimiento.

Y al mirar la historia de las Maharis junto al Gita Govinda en el Odissi, aparece una idea que rara vez forma parte del discurso moderno sobre yoga: que para muchas mujeres la práctica espiritual no pasó únicamente por los tratados, sino por formas de conocimiento transmitidas a través de la voz, el ritual y la danza.

Otra genealogía del yoga

La historia moderna del yoga ha privilegiado los textos, la disciplina mental y los sistemas filosóficos. Pero la espiritualidad india ha sido mucho más diversa: poesía, canto, ritual, devoción y danza.

El Gita Govinda pertenece a esta tradición. Su importancia no está solo en lo que dice, sino en cómo ha sido vivido: como poema, canto, práctica ritual y danza.

Sus versos no quedaron en los manuscritos. Fueron incorporados a comunidades enteras y, especialmente, a la práctica de las Maharis de los templos de Odisha, donde se integraban como parte de una disciplina espiritual y ofrenda a lo divino.

A través de esta tradición, preguntas centrales de la espiritualidad india, relación con lo divino, separación, anhelo, unión, devoción, encontraron formas de expresión que no dependían solo del estudio intelectual, sino también de la práctica artística y ritual.

El Odissi contemporáneo es heredero de esta historia. Y por eso resulta insuficiente entenderlo solo como danza. En su repertorio permanece viva una tradición donde el cuerpo es un vehículo de contemplación y conocimiento.

Cuando una bailarina interpreta el anhelo de Radha o su encuentro con Krishna, no representa simplemente una historia del pasado: participa en una tradición que durante generaciones ha explorado, a través de la poesía, la música y la danza, algunas de las preguntas más profundas de la experiencia humana.

Quizá una de las tareas de nuestro tiempo sea reconocer que la historia del yoga no se escribió solo en los tratados. También se cantó, se recitó y se danzó.

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